Querida Muerte
A mi colchón
Introducción:
Nunca pensé que podía llegar a hacer esto. Pensé que solo lo hacían las mujeres con sus diariecitos personales. Pero llegué al límite, al punto donde sólo tengo dos opciones: sentarme a escribir lo que siento, o agarrar el revólver del cajón. Pero como creo que con cada palabra que escribo me alejo un paso de él…
No me exijan, esto no es más que notas personales, no soy escritor, ni nada de eso. No voy a anotar más que lo que me parezca importante. Comienzo por día 0 porque todo se desencadenó ayer, pero empiezo a escribir hoy quién sabe por qué. Ahora. No sé ni siquiera por qué hablo de días, si hoy ya no va a ser hoy nunca más y no hace falta que lo aclare.
DIA 0:
Ayer ya no sentía “distancia” con la muerte, se venía achicando hacía algunos meses, después del accidente de Panchito y todo el tema de María. María es mi mujer; era mi mujer (a veces me olvido que me dejó unos meses después de mi accidente con Panchito). Panchito es mi hijo; era. Todavía tengo todos los días la imagen de la camioneta blanca viniéndose encima de mi Renault y yo distraído charlando con María. Bocinas, más bocinas. Volantazo a la banquina, perder el control, dar vueltas, y despertarme en el hospital.
Llevé el revólver a mi cabeza y mi mano temblaba. Calculo que no fueron más de veinte segundos y las lágrimas que me recorrían la cara sin vergüenza. Las luces estaban todas apagadas; la casa, totalmente oscura; yo, decidido y seguro de lo que hacía. Había cargado una bala, y giré el tambor, dejando mi vida literalmente librada al azar. Si algo quería que yo siguiera en la tierra, la bala iba a pasar de largo y yo iba a gatillar en vano.
Volvamos a la oscuridad de la casa, al silencio. Parecía inquebrantable, hasta que sonó el teléfono. Quién carajo me llama. Lo dejé sonar cuatro o cinco veces hasta que quien sostenía el tubo del otro lado se dio por vencido. Me acomodé en la silla e hice el clic esperando el pum. Pero no, la bala seguía en el tambor. La saqué, la tiré a la basura y volví el revólver al cajón.
Fui a la cocina, tomé un vaso de agua y me tiré con él a dormir al sillón. Me hace mal dormir en la cama matrimonial solo.
DIA 1:
Me desperté bastante tarde y me senté a escribir. Hice solamente la introducción y me fui a caminar. Caminé por un rato, sólo para pasar el tiempo, y regresé. Me encontré con la casa más oscura y silenciosa que nunca. Serían las cinco de la tarde (asumiendo que ahora son las doce y media de la noche) así que me puse a preparar un té rojo. Dicen que relaja, no sé. Después de revolverlo y revolverlo, lo tomé casi de un trago y me recosté en el sillón. No tengo idea sobre cuánto tiempo habrá pasado hasta que me quedé dormido, pero sí sé que soñé profundo. Otra vez la camioneta blanca, otra vez las bocinas, las vueltas, el hospital, los dolores de huesos, la soledad, el silencio. Hice fuerza para despertarme y salir de la pesadilla. Eran las once y cuarto, once y veinte de la noche. Me serví un vaso de whisky y fui al escritorio. Abrí el cajón y saqué a mi compañero. Cargué una bala, giré el tambor y gatillé con el caño en mi garganta. Nada. Tiré la bala a la basura y dejé el arma en el cajón de al lado mío. Empecé a escribir para alejarla, por lo menos de mis pensamientos. Si sigo así, ninguna palabra que escriba generará esa distancia, y mis notas van a quedar incompletas.
Basta, por hoy freno acá. Me voy a ver leer el diario mientras me baño.
Día 2:
Ayer me hizo bien el “baño de inmersión”. No vaya a pensar que entre tecitos, diarios personales y baños de inmersión me estoy afeminando, pero conste que hoy amanecí bastante despejado. Ya salí a correr, me duché y ahora estoy viendo TV mientras escribo.
Cuando termine, me voy a preparar un omelette o unos tostados de jamón y queso.
Día 4:
No, no me salteé el día 3, simplemente ayer no escribí. Tampoco abrí el cajón. Sí hablé con María. Arreglamos para vernos un día de estos, probablemente la próxima semana.
Día 5:
Creo que esto de escribir está teniendo resultado. Tres, casi cuatro, días consecutivos sin abrir el cajón. En dos horas tengo una entrevista con mi jefe. Según me dijo Pérez, quiere que vuelva a laburar lo antes posible. Pero ya tengo la decisión tomada: si no me da la licencia, renuncio. No estoy para presiones.
Mañana voy a llamar a María para que nos juntemos a solucionar los temas pendientes. Ya sé que es una excusa esto del divorcio, en realidad simplemente quiero verla. No, mañana no. Queda muy pesado. Por lo pronto, me voy a ver televisión hasta que se hagan las 15.00. A esa hora quedé con el bigotón en el bar de Corrientes y Callao.
Día 6:
El jefe me aceptó la licencia. Con María no hablé. El cajón no lo había tocado hasta hace cinco minutos. Pero aunque lo abrí no fue para “jugar a la Ruleta Rusa”. Solamente acaricié el revólver y le limpié el caño.
Hoy conocí a una mujer, tiene unos añitos menos que yo. Es madre soltera, la conocí en la plaza; le pedí fuego – solamente por hablarle, tiene unos ojos increíbles- y me dijo que no fumaba, se rió y nos quedamos charlando.
Día 7:
Son once y media de la mañana. Lindo día. El cielo no tiene ni una nube. Voy a desayunar e ir a la plaza, a ver si está esta muchacha. A la vuelta sigo con mis notas.
Son las seis de la tarde. Me quedé en el mismo banco que ayer esperándola pero nunca llegó. Recién llamó María, de buen humor. Quedamos en que el viernes (asumiendo que eso sea pasado mañana) viene a comer a casa para terminar todo el papeleo, y de paso conocer mi departamento. La quiero impresionar, dice que está sola. Además la madre se enojó con ella cuando me dejó, así que supongo que la tengo bastante de mi lado.
Día 8:
Fui a la plaza de nuevo. Me encontré con esta chica de nuevo. Se llama Julieta. Le pedí fuego – solamente por hablarle, tiene unos ojos increíbles- y me dijo que no fumaba, se rió y nos quedamos charlando. Me dio su número de teléfono. ¿Qué hago, la llamo mañana? No, no. Porque viene María, mirá si nos superponemos. No, otro día la llamo.
Cuando volvía caminando de la plaza, vi un juego de platos lindísimo. A falta de guita encima, me estoy yendo ahora a comprarlo para la comida de mañana.
Día 9:
Me desperté temprano y fui al supermercado. Le voy a cocinar algo rico, y lo voy a acompañar con un buen vino. En cuarenta y cinco minutos (asumiendo que faltan cuarenta y cinco minutos) debe estar llegando. Ya me bañé, afeité y perfumé.
Después de tanto tiempo, volver a pensar en dos. Dos platos en la mesa, dos tenedores, dos cuchillos, dos vasos, dos sillas, dos velas (son románticas, dicen) y dos balas en el tambor.